5.12.10

se cayó la azucarera

Es así: hay cosas que, aunque ya sí, todavía como que no e invariablemente siguen dando piel de gallina.
Abrís los ojos y sabés que esa no es tu cama ni tu cuarto y que la luz no entra de esa manera en ninguno de tus lugares de siempre. Durante 2 segundos no entendés nada pero, a penitas pasados esos dos segundos, te abrazan, y es un abrazo que puede que no sea diferente de cualquier otro, pero lo sentís desde la nariz hasta la puntita de los pies, pasando por el ombligo.
¿Y qué si después de ese abrazo podés tomarte un café con leche y comer tostadas con manteca y dulce de leche sin pensar en ir a correr 10 kilómetros para quemar las calorías, si sentís que adentro de ese abrazo nada malo te puede pasar, si enroscada entre esos brazos escuchás cómo se hacen mierda esas paredes gigantes y pesadas que creías que iban a estar ahí, estorbándote, por mucho tiempo más, si te morís de miedo por que tus abrazos no generen la misma confianza ni la misma tranquilidad?
Bueno, cuando pasa todo eso, todo junto, cuando todo se te mezcla en una mañana de sol caminando hasta el subte o entre lágrimas que se mueren de vergüenza pero que salen igual, ahí entendés que ese abrazo no es como ningún otro, que te chupan un huevo los abrazos viejos y los que puedan estar por venir y que en ese abrazo es donde querés quedarte por un buen rato más.