15.12.10

reflexiones de bañadera

Termino de bañarme y está todo bien pero de repente ya no, y no es que no esté todo bien, es que todo lo que de hecho está bien se desordena como el pelo cuando revoleo la cabeza como una desquiciada. De repente aparece el nudito ese en la garganta, el que te avisa que cuando dejes de hacer fuerza para no llorar y te abraces al almohadón, no vas a parar por un buen rato. Pero es lo de siempre, porque ya me conozco. Cuando lloré lo suficiente, algunas cosas se empiezan a aclarar, veo que no me animo, que confiar en cosas que supuse 4 años atrás es ridículo y que hay cosas que todavía van a tomar un poco más. Que, como siempre, pensar en una agenda en blanco me aterra, sobre todo cuando la comparo con la agenda toda colorida a la que le quedan nada más que dos semanas por llenar y que fui completando yo sola. Es, como siempre, el miedo a los cambios, a mirar para atrás y decir "no, pero este sí que es un cambio de verdad, no como los anteriores", cuando en realidad sé que todos son de verdad y que, en sus respectivos momentos, todos fueron así de gordotes e intimidantes, y que igual que hasta ahora, voy a seguir llorando y asustándome antes de apropiarme de lo que sea que quiera hacer mío. Es, hablando de lo inmediato, el terror de volver a ese escenario chiquito y de poco público pero esta vez sin otras 13 personas en las cuales camuflarme, esta vez tres veces y con tacos, esta vez con otra gente mirando.
Son las ganas de concentrarme en este verano y no maquinar con nada de lo que vaya a pasar después.
Son las ganas de no contestar el teléfono, poner Loreena Mckennitt bien fuerte y perderme en ese best seller pésimo que no puedo dejar.

En otras noticias, bañarse con agua muy caliente en invierno es mil veces mejor que bañarse con agua muy fría en verano.