5.3.11

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La calle está vacía y llena de árboles a los costados. Camina descalza por la calle vacía tarareando Romeo & Juliet. El asfalto está tibio, el cielo está nublado. Recién paró de llover y, aún así, la calle está seca y el asfalto tibio. Ella va y viene, se mira los dedos de los pies, se para de puntitas y sobre los talones. Tararea, en realidad, para no tener que escucharse, pero, sin darse cuenta, se olvida de la letra de la canción y los mhmhmhm y lalalalarara y nananana tururú no son lo suficientemente impermeables a lo que viene de adentro y no quiere escuchar.
Se frena en seco y se choca de cara con todo eso que brota. Esa cara que -se había convencido a sí misma- no le importaba; ese puto vaho a muerte que viene con la cara que -ya no se cree- no le importa y se instala en su cabeza y se infiltra silenciosa en todos los pensamientos y los hace retorcidos y negros y dolorosos y lacrimógenos y arrastra de vuelta esos que parecían estar yéndose o haberse ido y que ahora empiezan a merodear y la invaden con un miedo casi paralizante que le martilla la sien.
Tiene miedo y tiene ganas de llorar. Empieza a sentir pánico por cosas que jamás hubiera esperado y se queda ahí parada en la calle desierta pero poblada de árboles, descalza sobre el asfalto tibio, mirándose el empeine medio tostado y una ramita que acaba de caerse.