12.10.11

ahí está, ahora sí

Todos miran a la pobre piba que no tiene paraguas ni se refugia debajo de un techito (pobres ellos).
No hace frío, llueve nada más.
La campera es un pedazo de tela empapada, igual que el suéter de abajo y la musculosa amarilla, igual que el corpiño, que el jean, que las zapatillas y las medias. Por suerte el morral es de cuero y los apuntes quedan secos.
La gente camina rapidísimo y el ruido de los autos está como barnizado por el ruido de que llueve.
El pelo es un cardumen de mechones mojados y negros de tan mojados y las gotitas de agua se apoyan en las pestañas, quedan esperando ahí y después saltan sobre el pómulo, que igual está empapado.
De repente la sonrisa (una chiquita, tal vez tan sutil que nadie la note) se hace inevitable.
Llueve y caminar abajo de la lluvia es, otra vez, sonrisa.
Llueve y, de pronto, se hace evidente que la lluvia es agua, agua, agua, agua. Agua que no duele, agua que dejó de ser flete de sensaciones que pinchan, agua que es agua y solamente agua, sin lágrimas cursis ni mochilitas descorazonadas. Agua de agua, de volver a casa, de preparar un café, de bañarse con agua caliente, de escuchar música, de empezar a decidir, de dudas pero de las copadas. Agua de zapatos, agua de gente nueva, agua de limón, de canela, de coco, de manzana, de café. Agua de que los sábados a la noche sean de un balcón, dos amigos, un par de botellitas verdes, el cielo muy rosa y un colchón para tres.
Agua de que dale, ahí está, ahora sí.
(La lluvia y yo hicimos las paces. Finalmente).