30.10.11

(...)

Nada.
O sea, realmente nada.
Me gusta escribir los domingos a la mañana, por eso. Y no es que tenga algo que decir, blanco absoluto. Pero me gusta el hecho de estar tipeando y que afuera de la ventana sea domingo a la mañana. Adentro de la ventana vienen siendo todos los días bastannnnnnnnte iguales. Pero afuera los días evidentemente van cambiando y ahora que es domingo a la mañana está bueno. Lo que no está bueno es que por culpa de este momento del año, académicamente hablando, llegué a un punto en el que considero que a los 12 años, con "pancita de bebé", pelo atado en una colita baja con raya al medio asquerosamente perfecta, ropa de 47 street y los anillos de pompones que se pusieron de moda con Rebelde Way, estaba más sexy que ahora. Y cada vez que me miro en el espejo se hace peor. Soy un panda en cautiverio y voy vagando por mi casa con mis ojeras divinas y una taza de café que se rellena cada hora. Está bien igual, no me molesta, siempre y cuando pueda seguir rellenando mi taza de la ovejita con café y no se agoten mis bic rosas ni mi bolsita de resaltadores.
Sin embargo, para qué mentir, espero con ansias el día en que apruebe el último final y pueda recordar qué se siente salir a la calle un sábado a la tarde y dormir hasta las 12 un domingo.