29.7.12

collage de delirios

Estás ahí, apoyado contra la pared, esperando no sabés a quién, aunque pienses que sabés. Un punto rojo que se mueve y nada más, nada más al principio. Después una ciudad empapelada de rosa y pájaros de papel. Hay tanto que no sabés.
Estrellas plastificadas y una promesa de rutina, ¿tentador? Aterrador.
Estás ahí, sentado, esperando a que te traigan el café, riéndote de un movimiento torpe, riéndote de palabras largas y enredadas, tan enredadas como su pelo, como los nudos de las zapatillas o de su garganta, de su panza, de tu guitarra.
Estás ahí, parado, dejándote convencer de algo que no sabés, aunque pienses que sabés. Te dejás convencer y empezás a correr una maratón para arriba, muy arriba, tan, tan, tan arriba que cuando llegás no te importa qué pasa abajo porque sólo podés escuchar esa música sobre mechas fucsias y medias de encaje.
Estás ahí, tranquilo, mojando galletitas en el café con leche, contando historias, leyendo cuadernos verdes con letras enruladas con polvo de cacao y sueños desgastados como la suela de las zapatillas que un día dejaste de usar.
Estás ahí, asustado, tenés mucho miedo, la lluvia te envuelve y te titila una pestaña. Una sola. Te sentás y decís cosas de las que seguramente después no te arrepientas, aunque pienses que sí.
Estás ahí, sentado, parado, apoyado, muerto de miedo, aterrado hasta las pestañas, hasta las zapatillas y los bocetos, el miedo te hace temblar las manos, ¿a qué le tenés tanto miedo?
Al dolor de panza, al tiempo que pasa, a los regalos, a la cartas, a las comidas quemadas, a las palomas en las ventanas, a un puente, a una montaña, a un puñado de canciones, a un colectivo vacío, a una calle llena de gritos, a un colchón en el piso, a un vestido levantado, a un árbol, a un número viejo, a un jugo de naranja, al hielo, al agua hirviendo. 
De a ratos hace bien acordarse. Acordarse y nada más.
Y después sonreír un poco, seguir pintándose las uñas de morado, tomar un poco más de café, pasar a la siguiente canción.