14.11.12

Eran las 9 de la mañana y ellos subieron la escalera de Starbucks.
Ella no pasaba los 25, él no bajaba del doble. Ella tenía los ojitos todos vidriosos y una mueca de puchero medio dibujada en la cara, él tenía anillo y toda su puta vida bien acomodada.
Hablaban bajito y tomaban café. No. Él tomaba café, ella apretaba el vaso, lo miraba a él, miraba para abajo, trataba de sostener la vista y de no quebrarse cuando él le daba besitos de cotillón.
Yo sabía desde un principio cómo iban a ser las cosas. Apa, levantó la voz, hizo gestos con la mano, el reflejo del anillo en el vidrio. Vos también lo sabías. Hijo de puta. Le empezó a hacer caricias en el brazo, ella miraba para abajo. Él seguía gesticulando, tomando su café, porque seguramente había salido de su casa sin desayunar, después de decirle a su mujer que tomaba algo en la oficina, que tenía una reunión, que se le hacía tarde. Al tipo le importaba tomarse el café, no tenía nudos en el estómago.
Se levantaron, se quedaron al costadito de la escalera, ella contra la pared, él al lado. Ella empezó a acariciarse la panza y así, parada, se notaba que había, mínimo, 3 meses ahí adentro. Y no se pudo contener más las lágrimas. Él seguía muy preocupado en terminarse su café y de a ratitos le tocaba la panza, en el medio de los gestos y de las caras serias. Ella negó con la cabeza suavecito, entre muchas lágrimas bastante discretas que se secó mientras bajaba la escalera. Él se terminó su café. Bien por vos, existoso hombre de negocios, cliché de asqueroso hijo de puta. Se terminó su café y salió atrás de ella.