18.10.09

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Volví. Lamentablemente, volví. Pero, por suerte, volví.
Volví más quemada, más flaca, con el pelo más suave, con las piernas raspadas.
Volví más segura, más yomisma, más popurrí-de-pedacitos-de-otros, más tolerante, más alegre, más abierta, más predispuesta a los cambios.
Volví pintada de risas. Volví acostumbrada a despertarme con las caritas de zombis de mis amigos sentados en el comedor improvisado de mi cabaña tomando nesquick y comiendo criollitas con casancrem y dulce de leche. Volví con la muñeca elastizada por tanto intentar hacer sapito en cada río. Volví con la manía de no tirar ninguna sobra de la cena por si a alguien le agarra hambre en la mitad de un twister, de un partido de póker o de un verdad-consecuencia estirados hasta las 4 de la mañana. Volví con la inercia de lavar los platos sin que nadie me lo pida. Volví con una carcajada asomada entre las cuerdas vocales, preparada a saltar sin razón aparente. Volví empapelada de los abrazos espontáneos más dulces del planeta.
Volví con una valija llena de ropa sucia, una bandera improvisada en una sábana, anécdotas y experiencias increíbles y 900 fotos por si me olvido de alguna.
Volví plena. Volví con la certeza de tener en la mente un rincón al cual escaparme cada vez que quiera.
Desde acá, con mi taza de café y el vientito que entra por la ventana, puedo asegurarme a mí misma que así fue la mejor manera de empezar a cerrar esta etapa. Sí, voy a extrañar las montañas, los cielos completamente negros y estrellados, los mates, las guerras de almohadas; pero acá, entre los edificios, los autos, los subtes colapsados, las avenidas casi-intransitables, viene la otra parte, la de terminar de cerrar esta etapa, acordándome y compartiendo los códigos y los chistes que sólo entendemos las sierras y nosotros 14, viendo las fotos que sólo nosotros sabemos cómo mirar.