10.12.09

callate, cursi

Como dije, iba a escribir al respecto si tenía ganas. Ganas no tengo, pero tengo que hacer tiempo, que es como lo mismo.
Fue una noche medio rara porque no estaba en mi casa (ni en la suya). Dado que mis viejos estaban afuera, yo estuve viviendo hasta el martes a la tarde en la casa de una amiga de ellos que viene a cumplir la función de tía-soltera-que-se-la-banca. Y me dijo que no tenía problema en prestarme un rato la casa y que después volvía y se encerraba en su cuarto y desaparecía. Quedó comprobado que se la banca.
23:30. Timbre. Calcitas, remera absolutamente normal y cuidadosamente seleccionada, pelo salvaje. Holi. Hola. Sonrisas. Las preguntas de siempre, los diálogos de siempre. Blabla. ¿Querés café? Blabla. Y entonces, cuando yo estaba por proponer que nos quedáramos en el sillón o en el jardin o en la alfombra, charlando (ponele), compartiendo las boludeces de 15 días sin vernos, compartiendo no-palabras con Norah Jones de fondo, no se le ocurrió mejor idea que ver una película. Laputaqueteparió. Bueno, okey, veamos una película. Claramente mis ganas de ver una película no superaban mis ganas de que me pegaran una patada en la panza, pero me daba noséqué decirle que no.
Cuestión que terminamos eligiendo una película de animación, Mary and Max, que resultó ser muy muy linda (véanla). Durante la primera mitad la odié, sobre todo porque como me había dicho que no se iba a quedar mucho, creí que ni bien terminara se iba a ir y no iba a haber tiempo para nada más. No me podía concentrar en lo que pasaba. Estaba ahí, con él abrazandome, su boca tan cerca de la mía, ese olor tan suave y tan... nosé. Cada tanto me daba un beso en el pelo, en el cuello, me abrazaba más fuerte, me acariciaba la mano, el brazo.
Terminó la película.
¿Te quedás un ratito más?
Bueno, pero un ratito.
Y me regaló un manojo de besos. Y después, para mi sorpresa, empezó a hablar. Habló de boludeces y hablamos de boludeces. Hablamos mucho, abrazados, con el reflejo de la luz del patio.
Lo que siguió a la charla no viene al caso (dejar volar la imaginación).
Tengo grabadas sonrisas, particularmente una que se prolongó el tiempo que tardé en atarme el pelo. Era una sonrisa chiquita y dulce que no decía absolutamente nada, pero era tan qué-linda-sonrisa-que-tenés que para hacerme un rodete desprolijo tardé lo que tardan los estilistas de hollywood en hacer esos peinados arquitectónicos. Y tengo grabados sus dedos acariciándome la espalda o corriéndome los mechones de pelo de la cara y cuando me acuerdo me pasa algo que no sé bien cómo explicar, pero que se parece a que alguien estuviera dibujándome garabatos por todo el cuerpo o que me hubieran conectado una batidora eléctrica en el esófago. Algo así.
Y en mil momentos quise decirle que me sentía increíblemente cómoda, pero no se lo dije. Era obvio. O no, pero no se lo dije igual. Hubo mil silencios en los que podría haberlo susurrado, pero preferí quedarme sólo con el silencio, tenía miedo de pinchar la burbuja.

(Puaj, esta va a ser la última entrada de este estilo por mucho tiempo... espero. Me salen por los poros los adjetivos empalagoso, pegajoso, chicloso, meloso, y los odio y ni siquiera tengo novio o chongo o algo con nombre o algo. Así que seá-cá-bó).