23.2.10

No me había dado cuenta de lo mp4-dependiente que era hasta que creí que se había muerto.
Hace dos días quise prenderlo y no prendía. Lo conectaba a la computadora y nada. Moví todas las perillitas, apreté todos los botoncitos y nada. Ese día mi mal humor fue tan grande como si hubiese tenido 10 síndromes pre-menstruales juntos, incluso estando acá, donde se necesitan cosas realmente malas para bajonearme. Hasta ese momento no lo había usado mucho, pero desde ahí asociaba cada situación con una canción y terminaba casi al borde de las lágrimas pensando "ayy, qué lindo sería poder escuchar tal tema ahora". Sin saberlo, los pobres empleados del lugar donde lo compré se ganaron millones de insultos y maldiciones por minuto. En fin. La cuestión es que ayer pude conseguir un cable nuevo, lo conecté sin esperanzas... y la lucecita se prendió. Y yo volví a ser feliz.
Ya que estamos, el domingo vuelvo. Y curiosamente muero de ganas. Obvio que acá la paso súper, pero un mes es un mes. Tengo esa mezcla de que extraño y que hay demasiadas cosas que quiero hacer y cuestiones que tengo que resolver en Buenos Aires. Igual está bueno querer volver, porque así los últimos días están buenísimos porque el lugar está buenísimo y porque además falta poquito para volver y, por otra parte, el viaje de vuelta no es deprimente y llegar a casa y desarmar las valijas se hace mucho menos suicida.
Y mañana empiezan de nuevo los capítulos estrenos de Dr. House (L).
(me hice amiga de un perro que es mezcla de suricata, pez y pajarito)