24.4.11

reflexiones de domingo

Yo pienso, ¿no? (porque como estudio bastante divago bastante, básicamente porque cuelgo bastante). Y pienso que hace exactamente hace una semana era lo más parecido que se podía encontrar a un trapito de piso, pero no las rejillas nuevas amarillas chillonas, no no, esos trapos viejos, deshilachados, grises, sucios, agujereados que terminan en algún rincón atajando una gotera. Hace una semana tenía los ojos hinchados como pelotitas de ping-pong, el sólo hecho de pensar en comida me daba asco, tenía el pelo engrasado, tenía 56 nudos por centímetro cuadrado de espalda, una amiga cuya remera no tenía casi espacios libres de moco y lágrimas y que se quemaba la cabeza pensando cosas tranquilizadoras. Tenía todos los pensamientos enredados y ahogados en un mar de lágrimas y ganas de dormir hasta agosto, tenía colgada una mochila llenísima de angustia que me tiraba para abajo, un vacío horroroso que veía imposible de llenar y, como cuando duelen los ovarios, no encontraba ninguna posición en la cual doliera menos.
Fijate vos que ahora tengo 19 años, restos de una torta de canela y otra torta de naranja y limón, una cartuchera de Mafalda, ropa nueva, pañuelitos descartables de los Looney Tunes, alguna que otra posición en la cual no duele tanto, un vacío heavy, algunos pensamientos menos enredados y más escurridos y la mochila de angustia dio paso a un barniz de tristeza pseudoilusionada.
No te digo que del trapo de piso pasamos a un cohete espacial, pero sí pongámosle que va queriendo.