1.5.13

Pasa que es feriado y los feriados son como los domingos y yo amo los domingos. La gente los odia y yo los amo porque son como paréntesis. La gente los odia porque al día siguiente es lunes y porque los lunes empieza la rutina y la gente odia las rutinas. Yo amo la rutina. La mía, al menos.
Pasa también que estamos en época de cambios, oh sí (igual, ¿cuándo no?). Pasa que tengo la cabeza llena de colores, porque todo lo que pienso se divide en un color diferente según el tópico (hola sí, tengo un problema con la organización, las estructuras y los post it). En naranja pienso que este año no hubo saludos de cumpleaños incómodos, desubicados, ni de ida ni de vuelta, y tampoco los va a haber. En verde pienso que la distancia no hace nada malo si no tiene una base de cosas malas previas. Pienso que me cambiaron todos los paradigmas que tenía sobre la gente que me rodea, que las relaciones que valen la pena se sostienen aunque sea poniéndose al día por teléfono, aunque sea compartiendo un desayuno de a tres en el medio de las rutinas en el bar que hace 7 años se convirtió en "el bar de siempre", o una picada vegetariana un domingo a la noche. Pienso que los planteos perdieron sentido hace mucho. En azul pienso que ya no me molesta acordarme seguido de vos, porque estoy convencida de que sos un recuerdo que está buenísimo como recuerdo. Pienso que no hay cartas ni saludos, ni despedidas ni duelos ni llegadas inesperadas ni culpas ni nada de nada, porque así es como realmente tiene que ser. En rojo pienso que dejar algo no necesariamente implica no ser lo suficientemente buena, sobre todo si ese algo no es definitorio sobre eso en lo que me importa ser buena. Pienso que soy lo bastante estructurada como para darme el lujo de romper, de vez en cuando, con los ángulos rectos y las líneas paralelas. En violeta pienso en que, absolutamente fuera de mi control, se me pone la piel de gallina cuando me llegan mensajes que jamás pensé que iban a tener ese efecto. Pienso que alguien se encargó de despedazar una buena parte de mis prejuicios, barrerlos con una escobita y tirarlos al mar. Pienso que el hecho de estar saliendo con un pibe más chico se compensa con el hecho de que tenga una espalda grande que hace que sus abrazos sean una cápsula del tiempo y una voz tan vital que hace que hablar por teléfono no sea incómodo. Pienso que tengo ganas de soltarme el pelo para alguien, de ponerme perfume, de reírme, de caminar por la calle de la mano, de cocinar, de leerle párrafos del libro de parasitología y que no entienda nada, de ver un partido. Pienso en lo genial que es que alguien quiera ser parte de mi vida, que quiera ir a buscarme a la facu para ir a almorzar o a jazz para que no vuelva sola por un pasaje turbio, que les hable de mí a sus amigos y a su abuela, que adore a mi perra (y que mi perra lo adore a él). Pienso en lo genial que es que se preocupe por que yo no me contracture cuando quedo arriba y que me cambie, que tenga fuerza para alzarme y que me diga no pesás nada, flaquita, que se haya acostumbrado a mis ojeras permanentes, a mis horarios psicóticos, a los no puedo, tengo que estudiar, que me regale Butter Toffies. En amarillo pienso que hay demasiadas cosas para solucionar, que no puedo sola (pero que no está mal no poder sola con todo) y que, por suerte, esta vez, no estoy sola. Pienso que no poder perder la rigidez cuando bailo no es casual, pienso que las comparaciones no sirven y no las puedo evitar, pienso que no veo la hora de volver a terapia.
Siento que, seguramente, hice algo bien.