2.10.09

taxis

Volviendo de Once con mi madre de comprar mucha ropa muy barata para mi viaje de egresados (me voy la semana que viene), subimos en un taxi porque las piernas no nos daban más.
Por suerte, siempre existen ocasiones que nos hacen recordar algo que jamás deberíamos olvidar: no hablar con los taxistas. A veces uno se olvida y termina enterándose de la vida y obre del sujeto en cuestión.
Hoy, por ejemplo, me enteré de que este hombre a cuyo taxi subí tiene 4 hijas que lo hacen comer cereales, verduras, soja y tomar leche descremada cuando él solo quiere un bife de chorizo o un choripán con mucho chimichuri. Las mismas, cada vez que salen, llaman a las 5 de la mañana quejándose de que no tienen cómo volver y cuando el amoroso padre va a buscarlas, vuelven acompañadas de roñosos, sucios rockeros de pelo largo, tan pobres que no les alcanza ni para un taxi (textual). Mi madre y yo no sabíamos dónde meternos y nos quedamos calladas. Pero a él no pareció importarle, porque enseguida empezó a hablarnos de su suegra, una vieja podrida, que se queja todo el tiempo y que para navidad siempre los hace comer su matambre asqueroso. Como si esto no hubiera sido suficiente y como si le hubiéramos rogado que siguiera hablándonos de su hermosísima familia, nos contó sobre su tía Pituca, una mala mina, insoportable que "cundo éramos chicos y bailábamos lentos con las chicas, a penas las apretábamos un poco ella ya venía con el puntero y nos daba en la cabeza". Pero, pobre tía Pituca, al parece hacía unas comidas increíbles.
Ahora, yo digo, señor conductor ¿quién carajo le preguntó sobre los miembros de su familia?
Por esto no se olviden: NUNCA miren con simpatía al taxista, menos que menos contesten a sus comentarios y, en lo posible, entren al auto hablando/simulando hablar por celular.