1.2.10

chauchi

El panorama hogareño es el siguiente:
En mi habitación, la cama armadita y, encima, un short de jean, una remera cómoda, un par de medias, un corpiño, un saquito negro, mi mochila violeta. El placard, vacío.
El living está sembrado de bolsas, bolsitas y bolsotas y las valijas ya están durmiendo en el baúl del auto.
La cocina está reluciente y la heladera completamente vacía, excepto por un limón y un cartón de leche que calculo que se terminará con el café con leche que va a desayunar mi vieja.
Está todo sumido en el más absoluto de los silencios. Mis viejos duermen y en una hora y media tengo que despertarlos para que empiecen a activar.
Estoy contenta. Muy. Los años anteriores, cuando llegaba este momento no veía la hora de irme porque me quería escapar. Había siempre algo de lo que quería olvidarme, algo que acá me hacía mierda y quería alejarme. Esta vez, más allá de que no soporto el calor y que allá está haciendo alrededor de 20ºC, más allá de que las bocinas y los ruidos de construcción a las 7 de la mañana me tienen harta, más allá de que puede ser que una parte chiquita de mí esté esperando irse para terminar de borrar alguna que otra lastimadurita sentimental, más allá de esas insignificancias, tengo ganas de irme por el simple hecho de estar de vacaciones. Eso de comer asado muchas veces por semana, eso de ir a la plaza a la noche y hamacarme, eso de salir con el mp4 a cualquier pueblito más o menos cerca e ir cantando por la ruta. Eso de no hacer nada, pero en otro lugar, con pajaritos, sin preocuparme por nada de nada de nada de nada, eso de decirle a mi viejo pa, ¿no tenés ganas de manejar un rato? e ir los dos con el auto a dar vueltas hablando de pelotudeces y cagándonos de risa por la ruta, adonde sea, con las sierras que te dicen holi en cualquier lugar. Acá, cuando pinta el bajón, me tiro en mi cama a escuchar música, pero también escucho a los forritos de arriba que sólo saben hacer ruido y molestar, y escucho el teléfono y escucho puteadas en la calle, y el ninuninuninu de las ambulancias. Allá, si pinta el bajón, me tiro en el pasto y busco formitas en las nubes y lo ÚNICO que escucho es el pío-pío de los pajaritos o la voz de mi viejo que habla a lo lejos con mi vieja o el chabón que vuelve de recorrer alguna ciudad y estaciona el auto.
El viaje de 12 horas en auto, que podría parecer tedioso y eterno, lo difruto como pocas cosas, parando a tomar café mil veces, imaginándome las historias de los pueblitos adormecidos por donde pasamos tipo 3 de la tarde, parando cada tanto en la ruta para estirar las piernas, jugando a la guerra de canciones con mis viejos (okey, eso es un poco bizarro también), escuchando mi música mientras veo aparecer de a poco las sierras, pensando que tengo un mes entero de todo eso para mí.
Chauchi, nos vemos en marzo :)
(mentira, voy a seguir escribiendo como siempre, ni que me tuviera que tomar vacaciones de mi blog)