22.7.11

de nudos y más nudos

Está llena de nudos la vida, ¿viste?
Tenés los nudos de los auriculares, por ejemplo, que son una mierda, y que cuando querés desenredarlos en el colectivo tardás tanto que para el momento en que los terminaste de desenredar y te los pudiste poner, ya llegaste a destino.
Tenés los nudos de las bolsitas de comida que cerrás con todo el empeño para que no se abran nunca y no se caiga nada. El tema es que después no lo abrís ni con dinamita.
Tenés los nudos de la espalda, fieles amigos.
Después tenés el nudo de la zapatilla que una vez colgaste con desatar y ya fue, quedó. Y ol-vi-da-te.
Tenés el nudo de cuando ves Titanic, que es como un nudo que emana lágrimas sin preguntarte.
Está el nudo de cuando querés expresar algo y no podes, y el nudo está tan trabado que duele.
Y el nudo de puteadas. Puteadas que están ahí trabadas, que no tenés a quién gritarle, que no tenés dónde carajo gritar, que sentís que no tenés derecho a decirlas, pero que están ahí, en forma de nudo, rompiéndote los ovarios. El nudo que está tan lleno de ganas de putear que ya no te alcanzan las palabras para inventar otras y empezás a repetir las mismas por teléfono a algún alma caritativa que te banque.
También está el nudo en la panza de cuando comiste muy rápido o cuando te subís al colectivo después de haber comido algo dulce.
Muerte a todos los nudos. Muerte a todos los anudadores. Muerte a las náuseas.