27.8.13

De repnte llueven mil imágenes mentales que tienen muchísimo sentido guardadas entre mis neuronas, pero que si salen pierden cualquier tipo de coherencia. De a ratos quiero extenderlas todas sobre mi escritorio o sobre el acolchado de colores y ordenarlas, ponerlas en trencito, atarlas con un hilo de mostacillas, darles forma a todas juntas, hacer algo más que imágenes mentales, porque ¿de qué sirve tener imágenes mentales?
Pero entonces, tan de repente como empezaron a llover, tan desesperadamente como eran las ganas de darles un sentido, así de repente se me ocurre que prefiero dejarlas así, porque ¿para qué tienen que tener sentido? ¿Para quién tienen que tener sentido? Son imágenes mentales, hermosas algunas, insoportables otras, pero ¿y? ¿a quién le importan más que a mí? y, de hecho, ¿por qué deberían importale a alguien más que a mí? Al fin y al cabo son mis imágenes adentro de mi mente, son mis personajes, mis historias, mis tiempos, mis colores, mis zapatos, mis renglones, mis cuadernos, mis lapiceras, mis libros, mis aritos, mis sábanas, mis vestidos, mis canciones. Lo gracioso es que así, si quedan como imágenes mentales en adentro de mi neuropilo, tienen más sentido del que jamás podrían tener si las saco, las extiendo y las ordeno, porque así como están tienen un sentido propio, propio de ellas y propio mío.