Es gracioso cuando sentís una cosa pero sabés que no es así, onda razón versus drama queen.
Ponele, ahora siento que me vida es una mierda, pero sé que no lo es y que es todo producto del estrés, la ansiedad y el exceso de edulcorante en el café. Igual está bueno vivir con esta contraducción permanente: me levanto temprano y me voy a estudiar al balcón con el solcito divino y el cielo celeste, siendo consciente de que tuve que canecelar la fiesta de estar noche para poder tener una mañana productiva mañana. Mientras soy consciente de todo esto tomo café, saco fotos, miro al encargado del edificio de enfrente desperdiciar agua como un condenado y escucho al puto benteveo que me da unas ganas terribles de estar tirada al lado de una pileta con un vaso de jugo de naranja con mucho hielo. Es terrible, todo me da ganas de morir y todo me llena de paz, TODO a la vez. En mi camino al lugar de comida china vegetariana veo en la plaza a muchas minitas en bikini tomando sol y me acuerdo de que estoy flaca y yo también podría estar ahí, pero sigo caminando porque en la silla de mi balcón hay un montón de teóricos que no se van a leer solos. En el balcón podría estar en bikini, pero cuando estoy sentada estudiando la panza se me arruga y altos flotadores, mamita.
¿Ves? Está todo buenísimo y es todo una mierda. Que voy a llegar con todo, que no llego ni a ganchos. Que me voy a colar en el hospital, que no me da la cara. Que voy a ver a Norah (no, eso está buenísimo de cualquier manera).
Así que bueno, creo que me tengo que hacer otro café porque estoy muy ansiosa y ya me comí un postrecito de lemon pie.
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17.11.12
14.11.12
Eran las 9 de la mañana y ellos subieron la escalera de Starbucks.
Ella no pasaba los 25, él no bajaba del doble. Ella tenía los ojitos todos vidriosos y una mueca de puchero medio dibujada en la cara, él tenía anillo y toda su puta vida bien acomodada.
Hablaban bajito y tomaban café. No. Él tomaba café, ella apretaba el vaso, lo miraba a él, miraba para abajo, trataba de sostener la vista y de no quebrarse cuando él le daba besitos de cotillón.
Yo sabía desde un principio cómo iban a ser las cosas. Apa, levantó la voz, hizo gestos con la mano, el reflejo del anillo en el vidrio. Vos también lo sabías. Hijo de puta. Le empezó a hacer caricias en el brazo, ella miraba para abajo. Él seguía gesticulando, tomando su café, porque seguramente había salido de su casa sin desayunar, después de decirle a su mujer que tomaba algo en la oficina, que tenía una reunión, que se le hacía tarde. Al tipo le importaba tomarse el café, no tenía nudos en el estómago.
Se levantaron, se quedaron al costadito de la escalera, ella contra la pared, él al lado. Ella empezó a acariciarse la panza y así, parada, se notaba que había, mínimo, 3 meses ahí adentro. Y no se pudo contener más las lágrimas. Él seguía muy preocupado en terminarse su café y de a ratitos le tocaba la panza, en el medio de los gestos y de las caras serias. Ella negó con la cabeza suavecito, entre muchas lágrimas bastante discretas que se secó mientras bajaba la escalera. Él se terminó su café. Bien por vos, existoso hombre de negocios, cliché de asqueroso hijo de puta. Se terminó su café y salió atrás de ella.
Ella no pasaba los 25, él no bajaba del doble. Ella tenía los ojitos todos vidriosos y una mueca de puchero medio dibujada en la cara, él tenía anillo y toda su puta vida bien acomodada.
Hablaban bajito y tomaban café. No. Él tomaba café, ella apretaba el vaso, lo miraba a él, miraba para abajo, trataba de sostener la vista y de no quebrarse cuando él le daba besitos de cotillón.
Yo sabía desde un principio cómo iban a ser las cosas. Apa, levantó la voz, hizo gestos con la mano, el reflejo del anillo en el vidrio. Vos también lo sabías. Hijo de puta. Le empezó a hacer caricias en el brazo, ella miraba para abajo. Él seguía gesticulando, tomando su café, porque seguramente había salido de su casa sin desayunar, después de decirle a su mujer que tomaba algo en la oficina, que tenía una reunión, que se le hacía tarde. Al tipo le importaba tomarse el café, no tenía nudos en el estómago.
Se levantaron, se quedaron al costadito de la escalera, ella contra la pared, él al lado. Ella empezó a acariciarse la panza y así, parada, se notaba que había, mínimo, 3 meses ahí adentro. Y no se pudo contener más las lágrimas. Él seguía muy preocupado en terminarse su café y de a ratitos le tocaba la panza, en el medio de los gestos y de las caras serias. Ella negó con la cabeza suavecito, entre muchas lágrimas bastante discretas que se secó mientras bajaba la escalera. Él se terminó su café. Bien por vos, existoso hombre de negocios, cliché de asqueroso hijo de puta. Se terminó su café y salió atrás de ella.
7.9.10
en la mitá
Cuando ya te fuiste pero todavía no llegaste. Mientras mirás por la ventanilla del colectivo a la gente que camina re apurada o por la ventana del taxi las luces del centro a la noche. Cuando te parás en la esquina porque el semáforo está en rojo. Mientras esperás el subte. Cuando cruzás la avenida. Cuando recorrés esa calle tranquila por donde no pasa nadie. Vas escuchando música y lo genial es que ya no tenés que preocuparte por lo que no hiciste en el lugar de donde te fuiste y todavía no tenés que responsabilizarte por nada de lo que vaya a pasar en el lugar al que no llegaste. Es como un limbo. A veces limbo musical, a veces sólo limbo.
1.2.10
chauchi
El panorama hogareño es el siguiente:
En mi habitación, la cama armadita y, encima, un short de jean, una remera cómoda, un par de medias, un corpiño, un saquito negro, mi mochila violeta. El placard, vacío.
El living está sembrado de bolsas, bolsitas y bolsotas y las valijas ya están durmiendo en el baúl del auto.
La cocina está reluciente y la heladera completamente vacía, excepto por un limón y un cartón de leche que calculo que se terminará con el café con leche que va a desayunar mi vieja.
Está todo sumido en el más absoluto de los silencios. Mis viejos duermen y en una hora y media tengo que despertarlos para que empiecen a activar.
Estoy contenta. Muy. Los años anteriores, cuando llegaba este momento no veía la hora de irme porque me quería escapar. Había siempre algo de lo que quería olvidarme, algo que acá me hacía mierda y quería alejarme. Esta vez, más allá de que no soporto el calor y que allá está haciendo alrededor de 20ºC, más allá de que las bocinas y los ruidos de construcción a las 7 de la mañana me tienen harta, más allá de que puede ser que una parte chiquita de mí esté esperando irse para terminar de borrar alguna que otra lastimadurita sentimental, más allá de esas insignificancias, tengo ganas de irme por el simple hecho de estar de vacaciones. Eso de comer asado muchas veces por semana, eso de ir a la plaza a la noche y hamacarme, eso de salir con el mp4 a cualquier pueblito más o menos cerca e ir cantando por la ruta. Eso de no hacer nada, pero en otro lugar, con pajaritos, sin preocuparme por nada de nada de nada de nada, eso de decirle a mi viejo pa, ¿no tenés ganas de manejar un rato? e ir los dos con el auto a dar vueltas hablando de pelotudeces y cagándonos de risa por la ruta, adonde sea, con las sierras que te dicen holi en cualquier lugar. Acá, cuando pinta el bajón, me tiro en mi cama a escuchar música, pero también escucho a los forritos de arriba que sólo saben hacer ruido y molestar, y escucho el teléfono y escucho puteadas en la calle, y el ninuninuninu de las ambulancias. Allá, si pinta el bajón, me tiro en el pasto y busco formitas en las nubes y lo ÚNICO que escucho es el pío-pío de los pajaritos o la voz de mi viejo que habla a lo lejos con mi vieja o el chabón que vuelve de recorrer alguna ciudad y estaciona el auto.
El viaje de 12 horas en auto, que podría parecer tedioso y eterno, lo difruto como pocas cosas, parando a tomar café mil veces, imaginándome las historias de los pueblitos adormecidos por donde pasamos tipo 3 de la tarde, parando cada tanto en la ruta para estirar las piernas, jugando a la guerra de canciones con mis viejos (okey, eso es un poco bizarro también), escuchando mi música mientras veo aparecer de a poco las sierras, pensando que tengo un mes entero de todo eso para mí.
Chauchi, nos vemos en marzo :)
(mentira, voy a seguir escribiendo como siempre, ni que me tuviera que tomar vacaciones de mi blog)
En mi habitación, la cama armadita y, encima, un short de jean, una remera cómoda, un par de medias, un corpiño, un saquito negro, mi mochila violeta. El placard, vacío.
El living está sembrado de bolsas, bolsitas y bolsotas y las valijas ya están durmiendo en el baúl del auto.
La cocina está reluciente y la heladera completamente vacía, excepto por un limón y un cartón de leche que calculo que se terminará con el café con leche que va a desayunar mi vieja.
Está todo sumido en el más absoluto de los silencios. Mis viejos duermen y en una hora y media tengo que despertarlos para que empiecen a activar.
Estoy contenta. Muy. Los años anteriores, cuando llegaba este momento no veía la hora de irme porque me quería escapar. Había siempre algo de lo que quería olvidarme, algo que acá me hacía mierda y quería alejarme. Esta vez, más allá de que no soporto el calor y que allá está haciendo alrededor de 20ºC, más allá de que las bocinas y los ruidos de construcción a las 7 de la mañana me tienen harta, más allá de que puede ser que una parte chiquita de mí esté esperando irse para terminar de borrar alguna que otra lastimadurita sentimental, más allá de esas insignificancias, tengo ganas de irme por el simple hecho de estar de vacaciones. Eso de comer asado muchas veces por semana, eso de ir a la plaza a la noche y hamacarme, eso de salir con el mp4 a cualquier pueblito más o menos cerca e ir cantando por la ruta. Eso de no hacer nada, pero en otro lugar, con pajaritos, sin preocuparme por nada de nada de nada de nada, eso de decirle a mi viejo pa, ¿no tenés ganas de manejar un rato? e ir los dos con el auto a dar vueltas hablando de pelotudeces y cagándonos de risa por la ruta, adonde sea, con las sierras que te dicen holi en cualquier lugar. Acá, cuando pinta el bajón, me tiro en mi cama a escuchar música, pero también escucho a los forritos de arriba que sólo saben hacer ruido y molestar, y escucho el teléfono y escucho puteadas en la calle, y el ninuninuninu de las ambulancias. Allá, si pinta el bajón, me tiro en el pasto y busco formitas en las nubes y lo ÚNICO que escucho es el pío-pío de los pajaritos o la voz de mi viejo que habla a lo lejos con mi vieja o el chabón que vuelve de recorrer alguna ciudad y estaciona el auto.
El viaje de 12 horas en auto, que podría parecer tedioso y eterno, lo difruto como pocas cosas, parando a tomar café mil veces, imaginándome las historias de los pueblitos adormecidos por donde pasamos tipo 3 de la tarde, parando cada tanto en la ruta para estirar las piernas, jugando a la guerra de canciones con mis viejos (okey, eso es un poco bizarro también), escuchando mi música mientras veo aparecer de a poco las sierras, pensando que tengo un mes entero de todo eso para mí.
Chauchi, nos vemos en marzo :)
(mentira, voy a seguir escribiendo como siempre, ni que me tuviera que tomar vacaciones de mi blog)
26.1.10
tengo calor
HACE calor. MUCHO calor.
Parece que en Córdoba hay sequía, que no llueve desde septiembre. Parece que el golf está amarillo porque no se puede regar, que los árboles dan frutitos diminutos, que los ríos son casi caminos de tierra. Parece que hay que bañarse un día por medio muy rápido, que es convieniente no comer cosas como rúcula, radicheta, albahaca y lechuga porque se gasta mucha agua en lavarlas. Parece que hay que hervir los fideos y el arroz con agua mineral. Y el café y el té y el mate también se hacen con agua mineral. Todo eso. Pero no me importa. Yo voy igual. Me paro en el medio de la ruta y hago la danza de la lluvia. Va a llover. Y si no llueve, me voy igual. Las hamacas no se secan y los cielos-súper-estrellados tampoco.
Parece que acá mi vida se volvió bastante monótona, pero ojo, es una monotonía copada. Leer, tomar café, ir a jazz, mirar películas, escribir las estupideces que se me ocurren, tirarme en la cama a escuchar música, ver a las chicas, dormir. I like it.
Parece que en Córdoba hay sequía, que no llueve desde septiembre. Parece que el golf está amarillo porque no se puede regar, que los árboles dan frutitos diminutos, que los ríos son casi caminos de tierra. Parece que hay que bañarse un día por medio muy rápido, que es convieniente no comer cosas como rúcula, radicheta, albahaca y lechuga porque se gasta mucha agua en lavarlas. Parece que hay que hervir los fideos y el arroz con agua mineral. Y el café y el té y el mate también se hacen con agua mineral. Todo eso. Pero no me importa. Yo voy igual. Me paro en el medio de la ruta y hago la danza de la lluvia. Va a llover. Y si no llueve, me voy igual. Las hamacas no se secan y los cielos-súper-estrellados tampoco.
Parece que acá mi vida se volvió bastante monótona, pero ojo, es una monotonía copada. Leer, tomar café, ir a jazz, mirar películas, escribir las estupideces que se me ocurren, tirarme en la cama a escuchar música, ver a las chicas, dormir. I like it.
5.11.09
chaos city
Yendo.
Colgué con que había paro de subtes. Llegué con los minutos justos a la estación Medrano y ahí me acordé. Crucé para tomarme el 24, tan colapsado que me hicieron subir por la puerta de atrás. Cuando, acercándonos al centro, la gente empezó a bajar, el colectivero gritó un genial PlazadeMayoestácerradamedesvíoenCerritoyvoyhastaBelgranoporquehaymanifestación.
Great.
Me bajé. Corrientes, Lavalle, 9 de Julio, autos y gente caminando de acá para allá, rápido, sin mirar, sin pensar, no importa si te llevo puesto, si te piso, si te saco el zapato, si te pego un codazo en la costilla derecha. Llegué tardísimo.
Volviendo.
Tanta gente esperando el colectivo, que las filas eran dobles y, de las 4 paradas que hay en la cuadra, con entre 2 y 4 líneas diferentes cada una, se había formado una lombriz gigante (y doble) que abarcaba toda la cuadra.
Cuando subí, estaba casi repleto (digo casi porque todavía quedaba lugar en el pasillo del medio para pasar) a pesar de que esa es la primera parada desde que sale. Dos paradas más y fue imposible respirar normalmente. La gente subía toda comprimida y la piel les quedaba aplastada contra los vidrios. Por suerte, Macy Gray me cantaba sweet, sweet baby, life is crazy but there's one thing i'm sure of, that i'm your lady, olways baby, and i love you now and ever y eso hacía que el hecho de tener que fijarme que la puerta no me separara las falanges de los dedos no fuera tan terrible. Ahora, cuando la señora excedida en kilos y años, intentando bajar mientras rompía todas las leyes físicas de equilibrio, me dijo y querida, si nadie se mueve... casi me transformo en la increible Hulka. Lareputísimamadrequeteparió. Si en vez de venirme con tus mugrientas ironías, me pedías permiso, TAL VEZ me bajaba para que pudieras bajar sin caerte, pero si no podés darte cuenta de que estoy compartiendo este centímetro cuadrado con 28 personas más y que, aunque quiera, NO PUEDO moverme, entonces te curtís y no me muevo nada, vieja fea.
En momento así me dan tantas ganas de salir corriendo a cualquierlugar. Irme y no volver más.
Por suerte hoy está House para ahogar mi odio.
Colgué con que había paro de subtes. Llegué con los minutos justos a la estación Medrano y ahí me acordé. Crucé para tomarme el 24, tan colapsado que me hicieron subir por la puerta de atrás. Cuando, acercándonos al centro, la gente empezó a bajar, el colectivero gritó un genial PlazadeMayoestácerradamedesvíoenCerritoyvoyhastaBelgranoporquehaymanifestación.
Great.
Me bajé. Corrientes, Lavalle, 9 de Julio, autos y gente caminando de acá para allá, rápido, sin mirar, sin pensar, no importa si te llevo puesto, si te piso, si te saco el zapato, si te pego un codazo en la costilla derecha. Llegué tardísimo.
Volviendo.
Tanta gente esperando el colectivo, que las filas eran dobles y, de las 4 paradas que hay en la cuadra, con entre 2 y 4 líneas diferentes cada una, se había formado una lombriz gigante (y doble) que abarcaba toda la cuadra.
Cuando subí, estaba casi repleto (digo casi porque todavía quedaba lugar en el pasillo del medio para pasar) a pesar de que esa es la primera parada desde que sale. Dos paradas más y fue imposible respirar normalmente. La gente subía toda comprimida y la piel les quedaba aplastada contra los vidrios. Por suerte, Macy Gray me cantaba sweet, sweet baby, life is crazy but there's one thing i'm sure of, that i'm your lady, olways baby, and i love you now and ever y eso hacía que el hecho de tener que fijarme que la puerta no me separara las falanges de los dedos no fuera tan terrible. Ahora, cuando la señora excedida en kilos y años, intentando bajar mientras rompía todas las leyes físicas de equilibrio, me dijo y querida, si nadie se mueve... casi me transformo en la increible Hulka. Lareputísimamadrequeteparió. Si en vez de venirme con tus mugrientas ironías, me pedías permiso, TAL VEZ me bajaba para que pudieras bajar sin caerte, pero si no podés darte cuenta de que estoy compartiendo este centímetro cuadrado con 28 personas más y que, aunque quiera, NO PUEDO moverme, entonces te curtís y no me muevo nada, vieja fea.
En momento así me dan tantas ganas de salir corriendo a cualquierlugar. Irme y no volver más.
Por suerte hoy está House para ahogar mi odio.
18.10.09
back
Volví. Lamentablemente, volví. Pero, por suerte, volví.
Volví más quemada, más flaca, con el pelo más suave, con las piernas raspadas.
Volví más segura, más yomisma, más popurrí-de-pedacitos-de-otros, más tolerante, más alegre, más abierta, más predispuesta a los cambios.
Volví pintada de risas. Volví acostumbrada a despertarme con las caritas de zombis de mis amigos sentados en el comedor improvisado de mi cabaña tomando nesquick y comiendo criollitas con casancrem y dulce de leche. Volví con la muñeca elastizada por tanto intentar hacer sapito en cada río. Volví con la manía de no tirar ninguna sobra de la cena por si a alguien le agarra hambre en la mitad de un twister, de un partido de póker o de un verdad-consecuencia estirados hasta las 4 de la mañana. Volví con la inercia de lavar los platos sin que nadie me lo pida. Volví con una carcajada asomada entre las cuerdas vocales, preparada a saltar sin razón aparente. Volví empapelada de los abrazos espontáneos más dulces del planeta.
Volví con una valija llena de ropa sucia, una bandera improvisada en una sábana, anécdotas y experiencias increíbles y 900 fotos por si me olvido de alguna.
Volví plena. Volví con la certeza de tener en la mente un rincón al cual escaparme cada vez que quiera.
Desde acá, con mi taza de café y el vientito que entra por la ventana, puedo asegurarme a mí misma que así fue la mejor manera de empezar a cerrar esta etapa. Sí, voy a extrañar las montañas, los cielos completamente negros y estrellados, los mates, las guerras de almohadas; pero acá, entre los edificios, los autos, los subtes colapsados, las avenidas casi-intransitables, viene la otra parte, la de terminar de cerrar esta etapa, acordándome y compartiendo los códigos y los chistes que sólo entendemos las sierras y nosotros 14, viendo las fotos que sólo nosotros sabemos cómo mirar.
Volví más quemada, más flaca, con el pelo más suave, con las piernas raspadas.
Volví más segura, más yomisma, más popurrí-de-pedacitos-de-otros, más tolerante, más alegre, más abierta, más predispuesta a los cambios.
Volví pintada de risas. Volví acostumbrada a despertarme con las caritas de zombis de mis amigos sentados en el comedor improvisado de mi cabaña tomando nesquick y comiendo criollitas con casancrem y dulce de leche. Volví con la muñeca elastizada por tanto intentar hacer sapito en cada río. Volví con la manía de no tirar ninguna sobra de la cena por si a alguien le agarra hambre en la mitad de un twister, de un partido de póker o de un verdad-consecuencia estirados hasta las 4 de la mañana. Volví con la inercia de lavar los platos sin que nadie me lo pida. Volví con una carcajada asomada entre las cuerdas vocales, preparada a saltar sin razón aparente. Volví empapelada de los abrazos espontáneos más dulces del planeta.
Volví con una valija llena de ropa sucia, una bandera improvisada en una sábana, anécdotas y experiencias increíbles y 900 fotos por si me olvido de alguna.
Volví plena. Volví con la certeza de tener en la mente un rincón al cual escaparme cada vez que quiera.
Desde acá, con mi taza de café y el vientito que entra por la ventana, puedo asegurarme a mí misma que así fue la mejor manera de empezar a cerrar esta etapa. Sí, voy a extrañar las montañas, los cielos completamente negros y estrellados, los mates, las guerras de almohadas; pero acá, entre los edificios, los autos, los subtes colapsados, las avenidas casi-intransitables, viene la otra parte, la de terminar de cerrar esta etapa, acordándome y compartiendo los códigos y los chistes que sólo entendemos las sierras y nosotros 14, viendo las fotos que sólo nosotros sabemos cómo mirar.
7.10.09
soundtrack

Qué lindo que es disfrutar de una tarde en mi casa con el sonido de la-máquina-rompe-pisos que está siendo empleada para arreglar el asfalto de mi cuadra (que ni un mísero pocito tenía/tiene), los martillazos que vienen del edificio en construcción en la otra cuadra y las conversaciones entre los señores obreros, tan delicadas y amenas para mis oídos.
lareputísimamadrequelosparió
2.10.09
taxis
Volviendo de Once con mi madre de comprar mucha ropa muy barata para mi viaje de egresados (me voy la semana que viene), subimos en un taxi porque las piernas no nos daban más.
Por suerte, siempre existen ocasiones que nos hacen recordar algo que jamás deberíamos olvidar: no hablar con los taxistas. A veces uno se olvida y termina enterándose de la vida y obre del sujeto en cuestión.
Hoy, por ejemplo, me enteré de que este hombre a cuyo taxi subí tiene 4 hijas que lo hacen comer cereales, verduras, soja y tomar leche descremada cuando él solo quiere un bife de chorizo o un choripán con mucho chimichuri. Las mismas, cada vez que salen, llaman a las 5 de la mañana quejándose de que no tienen cómo volver y cuando el amoroso padre va a buscarlas, vuelven acompañadas de roñosos, sucios rockeros de pelo largo, tan pobres que no les alcanza ni para un taxi (textual). Mi madre y yo no sabíamos dónde meternos y nos quedamos calladas. Pero a él no pareció importarle, porque enseguida empezó a hablarnos de su suegra, una vieja podrida, que se queja todo el tiempo y que para navidad siempre los hace comer su matambre asqueroso. Como si esto no hubiera sido suficiente y como si le hubiéramos rogado que siguiera hablándonos de su hermosísima familia, nos contó sobre su tía Pituca, una mala mina, insoportable que "cundo éramos chicos y bailábamos lentos con las chicas, a penas las apretábamos un poco ella ya venía con el puntero y nos daba en la cabeza". Pero, pobre tía Pituca, al parece hacía unas comidas increíbles.
Ahora, yo digo, señor conductor ¿quién carajo le preguntó sobre los miembros de su familia?
Por esto no se olviden: NUNCA miren con simpatía al taxista, menos que menos contesten a sus comentarios y, en lo posible, entren al auto hablando/simulando hablar por celular.
Por suerte, siempre existen ocasiones que nos hacen recordar algo que jamás deberíamos olvidar: no hablar con los taxistas. A veces uno se olvida y termina enterándose de la vida y obre del sujeto en cuestión.
Hoy, por ejemplo, me enteré de que este hombre a cuyo taxi subí tiene 4 hijas que lo hacen comer cereales, verduras, soja y tomar leche descremada cuando él solo quiere un bife de chorizo o un choripán con mucho chimichuri. Las mismas, cada vez que salen, llaman a las 5 de la mañana quejándose de que no tienen cómo volver y cuando el amoroso padre va a buscarlas, vuelven acompañadas de roñosos, sucios rockeros de pelo largo, tan pobres que no les alcanza ni para un taxi (textual). Mi madre y yo no sabíamos dónde meternos y nos quedamos calladas. Pero a él no pareció importarle, porque enseguida empezó a hablarnos de su suegra, una vieja podrida, que se queja todo el tiempo y que para navidad siempre los hace comer su matambre asqueroso. Como si esto no hubiera sido suficiente y como si le hubiéramos rogado que siguiera hablándonos de su hermosísima familia, nos contó sobre su tía Pituca, una mala mina, insoportable que "cundo éramos chicos y bailábamos lentos con las chicas, a penas las apretábamos un poco ella ya venía con el puntero y nos daba en la cabeza". Pero, pobre tía Pituca, al parece hacía unas comidas increíbles.
Ahora, yo digo, señor conductor ¿quién carajo le preguntó sobre los miembros de su familia?
Por esto no se olviden: NUNCA miren con simpatía al taxista, menos que menos contesten a sus comentarios y, en lo posible, entren al auto hablando/simulando hablar por celular.
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